03/11/2024
San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ofreció una perspectiva profunda y transformadora sobre la vida cotidiana, y en particular sobre el trabajo. Su mensaje central resuena con fuerza: la santidad no es solo para unos pocos elegidos en conventos o ermitas, sino que es un llamado universal para todos los cristianos, y el camino principal para alcanzarla se encuentra precisamente en las actividades más ordinarias de nuestra existencia, especialmente en el ámbito profesional y familiar.

Antes de fundar el Opus Dei, San Josemaría pasó años en intensa oración pidiendo a Dios que le mostrara su voluntad. El 2 de octubre de 1928, en Madrid, recibió esa inspiración divina: debía fundar la Obra de Dios para difundir este mensaje de la vocación universal a la santidad en medio del mundo. Desde entonces, dedicó su vida a esta tarea, enseñando a millones de personas que es posible y necesario poner a Cristo en la cima de todas las realidades humanas, haciendo de cada día, cada tarea y cada relación una oportunidad para amar a Dios y servir a los demás.

Fue canonizado por San Juan Pablo II en 2002, quien lo llamó “el santo de lo ordinario”, un título que encapsula perfectamente la esencia de su mensaje. Nos enseñó a descubrir lo extraordinario en lo ordinario, a ver la mano de Dios en cada detalle y a convertir nuestras actividades diarias en oración y apostolado.
- Santificar el Trabajo: Un Encuentro con Dios en la Tarea Diaria
- Ilusión en lo Ordinario: Convertir la Prosa del Día en Poesía Heroica
- Superación Personal y Humildad: El Camino de la Rectificación Constante
- La Importancia de la Familia: El Mejor Negocio
- La Alegría Cristiana: Sonreír Siempre
- La Certeza de la Presencia de Dios: Él No Nos Abandona
- Fe, Razón y los Misterios Divinos
- Mensajes Clave de San Josemaría para la Vida Cotidiana
- Preguntas Frecuentes sobre el Mensaje de San Josemaría
Santificar el Trabajo: Un Encuentro con Dios en la Tarea Diaria
Para San Josemaría, el trabajo no es simplemente una forma de ganarse la vida o una actividad secular separada de la vida espiritual. Es mucho más: es un lugar de encuentro con Dios y un medio para servir a los demás. “El trabajo profesional es también apostolado”, afirmaba, “ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles a Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas.”
Esta visión implica que el trabajo tiene una doble dimensión espiritual y humana. Por un lado, es un medio para santificarnos a nosotros mismos, ofreciendo a Dios el esfuerzo, la dedicación y los pequeños sacrificios que implica realizarlo bien. Por otro lado, es un medio para santificar a los demás, a través del buen ejemplo, del servicio, de la ayuda mutua y de la palabra oportuna. El trabajo bien hecho, realizado con amor de Dios y con espíritu de servicio, se convierte en una verdadera oración en acción.
Un aspecto fundamental de esta enseñanza es la importancia de la profesionalidad. San Josemaría insistía mucho en la necesidad de hacer las cosas bien, con esmero y perfección humana, dentro de las posibilidades de cada uno. Utilizaba una frase contundente: “Dios no acepta las chapuzas.” Esto no significa que debamos buscar la perfección absoluta de manera obsesiva, sino que debemos poner todo nuestro empeño y amor en la tarea que realizamos, ofreciendo a Dios lo mejor de nosotros mismos. La calidad del trabajo, la honestidad, la laboriosidad y el espíritu de servicio son virtudes cristianas que se manifiestan en el ámbito profesional.
Ilusión en lo Ordinario: Convertir la Prosa del Día en Poesía Heroica
Uno de los desafíos de la vida cotidiana es la rutina. Las tareas diarias, el trabajo, los estudios, pueden volverse repetitivos y perder su brillo inicial. Lo que comenzó con ilusión puede terminar aburriendo o pareciendo carente de sentido. San Josemaría abordó esta realidad con una imagen poética y poderosa.
Cuando le preguntaron cómo mantener la ilusión en el trabajo ordinario, respondió que hay que convertir la prosa del día en endecasílabos, en poesía heroica, en una canción nueva. ¿Cómo lograrlo? La clave está en el amor. “¡No es verdad que tus días sean iguales! si pones amor en tus días, cada día es distinto”, explicaba. El amor tiene alas, y con esas alas, la perspectiva de nuestras tareas cambia. Aunque la actividad sea la misma, si la hacemos con un amor renovado, la veremos y la viviremos de manera diferente cada día.
Esta enseñanza nos invita a redescubrir el valor de lo pequeño, de lo aparentemente insignificante a los ojos humanos. Hecho por amor a Dios y a los demás, cualquier tarea, por humilde que sea, se convierte en algo grande a los ojos divinos. Para renovar esa ilusión cuando decae, San Josemaría sugería acudir a Dios y pedirle que renueve el amor con el que comenzamos. Aunque las ilusiones humanas fallen, la ilusión sobrenatural –querer amar más a Dios, agradarle mejor– es una fuente inagotable de motivación.

Superación Personal y Humildad: El Camino de la Rectificación Constante
San Josemaría era muy realista sobre la condición humana. Sabía que somos “pobres cacharros, con defectos”, y no tenía vergüenza en reconocerlo. Sin embargo, este reconocimiento no lleva a la tristeza o al desaliento, sino a la lucha constante por superarse. “Lucharemos toda la vida para no tenerlos, hasta el final. ¡Eso es amor!”, decía.
Es natural que nos duela equivocarnos o ver nuestros defectos, pero la tristeza excesiva a menudo proviene de la vanidad –“¿cómo yo voy a fallar?”– o de la falta de confianza en el amor de Dios –“no soy lo suficientemente bueno para que Dios me quiera”–. San Josemaría enseñaba que mientras queramos ser santos, nuestra vida será un constante proceso de rectificación. Dios no espera que seamos perfectos de inmediato, sino que reconozcamos con humildad nuestras faltas y acudamos a Él pidiéndole ayuda para superarlas.
En este camino de mejora, la intercesión de la Virgen María es fundamental. San Josemaría nos animaba a presentarle a Ella nuestras intenciones, nuestros esfuerzos y también nuestros fracasos, confiando en que Ella nos ayudará a reparar lo que hicimos mal y presentará a Dios Padre lo bueno que hemos logrado. Acudir a María es un acto de humildad y sabiduría, confiando en su poderosa intercesión ante su Hijo.
La Importancia de la Familia: El Mejor Negocio
En un mundo donde a menudo se prioriza el éxito profesional por encima de todo, San Josemaría recordó la primacía de la familia. “El mejor negocio es educar a los hijos”, afirmaba. Esto no significa descuidar el trabajo profesional, que debe hacerse bien y en el tiempo suficiente, sino encontrar un equilibrio que permita estar presente en la vida familiar y ser protagonista en la educación de los hijos.
La formación de los hijos es una tarea fundamental y requiere dedicación, tiempo y amor. Padres y madres deben estar disponibles para sus hijos, jugar con ellos, escucharlos y transmitirles los valores y criterios que les ayudarán a crecer como personas íntegras y cristianos. Esto implica superar el absentismo, tanto físico como emocional.
El mensaje también se dirige a los hijos, animándoles a acudir a sus padres, a pedirles consejo, a escuchar y a estar abiertos a aprender de ellos. La comunicación y la confianza mutua son pilares esenciales para construir familias sólidas y unidas.
La Alegría Cristiana: Sonreír Siempre
“Un santo triste es un triste santo”, decía San Josemaría. La alegría es una característica fundamental de la vida cristiana. Como hijos de Dios, redimidos por Cristo, portadores de la Buena Nueva, tenemos motivos profundos para estar alegres, incluso en medio de las dificultades.

Esta alegría no es superficial o ajena al sufrimiento. El cristiano sabe que la felicidad plena se encuentra en el Cielo, junto a Dios, pero ya en esta vida experimenta un gozo profundo que proviene de la fe y de la esperanza. Mantener una actitud de alegría y una sonrisa, incluso cuando las cosas duelen, es un testimonio de que nuestra esperanza está puesta en algo más alto que las realidades temporales.
Sonreír es también un acto de caridad y generosidad. Hace más agradable la vida de los demás y nos ayuda a salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo o de nuestra propia pena. Es un desafío, sí, pero un desafío que se puede vivir con la ayuda de Dios, incluso en el dolor o la enfermedad. La alegría cristiana no es la ausencia de sufrimiento, sino la presencia de Dios en medio de él.
La Certeza de la Presencia de Dios: Él No Nos Abandona
En los momentos difíciles, cuando parece que todo se desmorona o que estamos solos, la fe en la presencia constante de Dios es un ancla de seguridad. San Josemaría recordaba: “El Señor es el de siempre, Él no nos abandonará.”
Incluso cuando nosotros, por nuestros errores o pecados, sentimos que nos alejamos de Él, Dios sigue buscándonos con su misericordia amante. Él “inventa todos los medios para que podamos volver a su casa”. Su amor es incondicional y su perdón está siempre disponible si acudimos a Él con humildad y arrepentimiento.
Y cuando no le sentimos, cuando atravesamos esa “noche oscura” del alma o sufrimos intensamente, como Cristo en la Cruz que exclamó “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Él está ahí. Jesús quiso experimentar en su humanidad el desamparo para acompañarnos en nuestro propio dolor. La fe nos asegura que ni el Padre abandonó al Hijo, ni nos abandona a nosotros, sus hijos.
Fe, Razón y los Misterios Divinos
La fe y la razón, lejos de ser opuestas, se complementan en el camino hacia Dios. San Josemaría enseñaba la importancia de formar la razón, de conocer la doctrina cristiana y entender por qué creemos lo que creemos. Sin embargo, reconocía humildemente que existen misterios divinos que superan nuestra comprensión humana.
“La vida de fe no consiste en entenderlo todo porque la razón es limitada y la sabiduría de Dios, infinita”, explicaba. Los misterios no carecen de sentido; simplemente, nuestra capacidad de comprender es finita ante un Dios infinito. Ahí donde la razón no llega, llega la revelación divina, y la acogemos por la fe.

Ante los misterios, la actitud del cristiano debe ser de gratitud por la luz que Dios nos concede y de glorificación por aquello que aún no entendemos. San Josemaría lo expresaba con una profunda humildad y alegría: “Delante de Dios, me encontraría yo muy soberbio, si lo entendiera. Me pongo y digo: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo... Y cuando no entiendo nada, me pongo más contento aún y digo: Señor, es justo, porque mi cabeza es muy poca cosa. Me alegro de tu grandeza, de tu hermosura, de tu poder, de tu belleza: ¡gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!”
Mensajes Clave de San Josemaría para la Vida Cotidiana
Podemos resumir algunos de los mensajes más relevantes de San Josemaría que impactan directamente en nuestra forma de vivir y trabajar en la siguiente tabla:
| Mensaje Clave | Aplicación a la Vida y el Trabajo |
|---|---|
| Santificar el trabajo ordinario | Realizar las tareas profesionales y domésticas con amor a Dios y espíritu de servicio a los demás, buscando la excelencia humana. |
| Ilusión en lo ordinario | Redescubrir el valor y la novedad de cada día poniendo amor en las pequeñas cosas; superar la rutina con una perspectiva sobrenatural. |
| Superación personal | Reconocer humildemente los propios defectos y luchar constantemente por corregirlos, confiando en la ayuda de Dios y de la Virgen. |
| Prioridad de la familia | Equilibrar el trabajo profesional con la dedicación a la familia; considerar la educación de los hijos como la tarea más importante. |
| Alegría cristiana | Vivir y transmitir la alegría que proviene de la fe, incluso en medio del sufrimiento; sonreír como acto de caridad. |
| Confianza en Dios | Tener la certeza de que Dios nunca nos abandona, que su misericordia es infinita y que siempre nos busca. |
| Fe y misterio | Formar la razón para conocer la fe, pero aceptar con humildad y alegría los misterios divinos que superan nuestra comprensión. |
Preguntas Frecuentes sobre el Mensaje de San Josemaría
¿Qué significa “santificar el trabajo”?
Significa realizar el trabajo profesional y las tareas ordinarias de cada día por amor a Dios y con espíritu de servicio a los demás. Implica buscar la excelencia en lo que se hace, ser laborioso, honesto y poner todo el empeño posible, ofreciendo el esfuerzo y los resultados a Dios.
¿Cómo puedo encontrar a Dios en mi trabajo diario si es monótono o difícil?
San Josemaría enseñó a poner “amor” en las tareas diarias. Incluso si el trabajo es repetitivo o presenta dificultades, si lo realizamos con la intención de agradar a Dios, de servir a nuestra familia o a nuestros compañeros, o simplemente de cumplir bien con nuestro deber, se convierte en un acto de amor que transforma la monotonía en una oportunidad para crecer en virtud y encontrar a Dios.
¿Es el mensaje de San Josemaría solo para personas religiosas?
Aunque San Josemaría fue un sacerdote católico y fundó una institución de la Iglesia, su mensaje sobre encontrar la santidad en medio del mundo y valorar el trabajo ordinario tiene resonancia universal. La idea de encontrar significado y dignidad en las tareas diarias, de buscar la excelencia y de servir a los demás a través del propio quehacer profesional son principios valiosos para cualquier persona, creyente o no.
¿Cómo se relaciona el trabajo con la vida familiar según San Josemaría?
San Josemaría consideraba que la familia y su educación era la tarea más importante, el “mejor negocio”. Enseñó que es fundamental buscar un equilibrio entre la dedicación al trabajo profesional y la atención a la familia, asegurando la presencia de los padres en la vida de los hijos y priorizando la formación en valores.
¿Qué papel juega la alegría en este mensaje?
La alegría es vista como una manifestación de la vida cristiana. No es superficial, sino que proviene de la certeza de ser hijos de Dios y de la esperanza en la vida eterna. San Josemaría animaba a vivir con alegría y a sonreír, incluso en la dificultad, como un testimonio de fe y un acto de caridad hacia los demás.
En resumen, el legado de San Josemaría Escrivá nos invita a redescubrir el potencial espiritual de nuestra vida cotidiana. Nos enseña que el trabajo, la familia, las relaciones y las pequeñas tareas de cada día no son obstáculos para la santidad, sino precisamente el camino para alcanzarla. Su mensaje es un recordatorio potente de que lo ordinario puede ser extraordinario si lo vivimos con amor, fe y un profundo deseo de servir a Dios y a los demás.
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